Yo conocí a Edel Quinn
Por una cartuja irlandesa
Nihil obstat: Cornelius Sayers, C.C. Censor Theol. Deput.
Imprimi potest: + Ioannes Carolus, Archiep. Dublinen Hiberniae Primas
Dublin, dies 3º Junii anno. 1969.
(Una publicación de la Catholic Truth Society of Ireland)
(Traducción al castellano por Greti Sorkau, 24/04/91)
PRESENTACIÓN
A LA EDICIÓN ESPAÑOLA
Sobre
Edel Quinn se ha escrito mucho, y se ha de escribir mucho más. Su vida
prodigiosa de "heroína del apostolado", sembrando
incansablemente la semilla del mensaje evangélico durante ocho años en
inmensas regiones de África, con su cuerpo condenado a muerte y agotado
por la enfermedad, y sin
embargo alegre y animosa... Esta joven irlandesa de nuestro siglo, ya en
firme paso hacia los altares, ha de ser fuente inagotable de
inspiración.
Pero
unas páginas como las de este folleto no se van a volver a escribir jamás.
He aquí a esta "santa" descrita con los pinceles humanos del
conocimiento directo, amigo, intimo. He aquí a la Edel juvenil, la de
antes de la increíble hazaña africana. He aquí a una Edel imitable
para todos, encantadoramente imitable. Su amor radical y tierno a sus
padres, a sus hermanos. Su eficacia corno secretaria en la oficina de
una empresa. Su fidelidad expansiva en la amistad. Detalles preciosos de
su temperamento, de sus modos de pensar y de obrar, de su vida
ordinaria: su gusto por vestir bien, a la moda: su afición al baile, a
la música, al deporte; la que se entretenía jugando con un gato...
Sobre todo, la siempre alegre, la juvenilmente alegre, la afectuosa e irónicamente
alegre...
Y
todo ese atractivo, al servicio de una profunda vida interior y de una
generosa entrega apostólica en la Legión de María.
Sí,
he aquí a esta joven Edel imitable para todos: imitable porque, con su
simpatía, arrastra a ser como ella; imitable, porque es una joven
normal que puede ser "copiada" por cualquiera; imitable,
porque debe ser imitada por todo aquel que quiera darle de verdad alegría
y sentido a su vida.
Nos
la presenta así, como era, una que la trató aquellos años como amiga,
y que ya no ha podido olvidarla jamás. Es lo que deseo a cuantos la
conozcan en estas sugestivas, vitales, impulsadoras páginas.
La
versión castellana, hecha por un nombre y apellido tan poco españoles
como Greti Sorkau, está excepcionalmente bien hecha.
Daniel Elcid, ofm.
¿QUIEN
FUE EDEL QUINN?
Aquí vemos a Edel Quinn a través de los ojos de una amiga, una monja contemplativa, quien la conoció siendo compañera suya en la Legión de María.
Edel
nació en Kanturk, Condado de Cork, el 14 de Septiembre de 1907. Una
grave enfermedad le impidió el ingreso en un Convento de
contemplativas; pero a los 20 años había entrado en la Legión de
María, en Dublín y se entregó completamente apostolado legionario. En
1932, gravemente enferma, pasó una larga temporada en el hospital, pero
decidió volver a emprender el trabajo legionario.
En
1936, file nombrada Enviada de la Legión de Maria para establecer la organización
en África Central y Oriental. Trabajando sola, luchando contra
grandes obstáculos, y con su mala salud, que la dejaba exhausta,
estableció la Legión sobre una base duradera, incluso hasta un lugar
tan lejano como la Isla de San Mauricio, en el Océano Indico. Movilizó
a millares de africanos en el servicio de la Iglesia, y estableció
firmemente centenares de ramas legionarias y múltiples Consejos.
"¡Qué
confianza ilimitada deberíamos tener en el amor de Dios!",
anotó ella. "Nunca podremos amar demasiado; entreguémonos al máximo
y no calculemos el coste".
Después
de ocho años de heroico trabajo, Edel falleció en Nairobi el 12 de
Mayo de 1944.
El Proceso Diocesano, primer paso hacia su beatificación fue iniciado por el Arzobispo de Nairobi.
Primeras impresiones
Yo
fui una de las que tuvieron el privilegio de contar con la amistad de
Edel Quinn. No afirmo haber sido su amiga más íntima; pero, para mí
ella fue mi amiga más íntima, y considero esto una de las mayores
gracias de mi vida.
Es
a la Legión de María a la que debo la dicha de haber conocido a Edel.
Nos encontramos en el praesidium de Nuestra Señora de las Victorias, al
que fui presentada por Mona Tierney, la misma amiga que había traído a
Edel a la Legión.
Aproximadamente
en el año 1930-31 entré en la Legión. Yo estaba sentada al lado de
Edel en las reuniones de praesidium, pero nunca nos asignaron como compañeras
de trabajo. Desde el primer momento estuve convencida de que había
entrado en contacto con un alma escogida.
Lo
primero que me llamó la atención fue el brillo nada común de sus ojos
y el encanto maravilloso de sus sonrisa. Ella iba siempre bien vestida,
con exquisito gusto y de acuerdo con la moda. Podía contarse entre las
modernas de su tiempo, pero no era ultra-moderna; evitaba por ejemplo, el
uso de pintalabios. Sus vestidos estaban de acuerdo con las normas de
modestia, pero sin ñoñería.
Edel
tenía una personalidad muy atractiva. Su actitud y manera general te
daba la impresión de una gran cordialidad. Su saludo, en ocasión de un
encuentro casual, siempre era desbordante de afecto. Un apretón de
manos dado de todo corazón y un saludo cordialidad: ¿Cómo estás?, o
"¡Qué agradable sorpresa!"
Uno sentía a su lado una conciencia de estar viviendo en la Divina presencia. Ella no hablaba de ello; sin embargo, su personalidad irradiaba una atmósfera de recogimiento. Edel era una personificación de la alegría, del buen humor. Era éste uno de los aspectos más extraordinarios de toda su conducta: con total naturalidad, y aparentemente con perfecta facilidad, Edel combinaba una profunda vida interior con todos los factores del éxito social: juventud, encanto, elegancia, gran sentido del humor, inteligencia brillante, talento para la música y habilidad para los deportes, tales como tenis, baile y golf; todo lo cual a ella le gustaba, pero lo dejó para entregarse mas de lleno al apostolado de la Legión.
Sus planes cambian
Un
domingo por la mañana, en enero de 1932, nos encontramos Edel y yo en
el parque Stephen's Green, de Dublín. Ella se dirigía hacia
"Santa María", el Hostal de la Legión para las chicas de la
calle.
En
respuesta a su jovial saludo, le reproché no haberme comunicado la
noticia, que acababa de oír por otro lado, de que iba a entrar en un
convento. Se disculpó, diciéndome que quería estar segura de su
entrada antes de dejar que circulara la noticia. Me comunicó entonces
que iba a entrar en las Pobres Clarisas de la Observancia Coletina, en
Belfast, y que su entrada había quedado fijada para el mes de abril.
¡Que
sorpresa, pues, cuando oí un par de semanas más tarde que Edel se había
puesto enferma y había ingresado en un sanatorio!
Hasta
entonces mis relaciones con ella eran simplemente amistosas, de un forma
ordinaria, general. Fue durante su estancia en el sanatorio cuando
llegamos a ser íntimas amigas. Inmediatamente después de que ella
fuera allí, oí muchos comentarios que despertaron en mí un interés más
profundo. Aquellas amigas que la conocían mejor que yo, hablaban de una
manera que me sorprendió: "No es de extrañar que se enfermara con
la vida que llevaba, ayunando a menudo, saltándose
las comidas, absteniéndose de leche, mantequilla y carne... "
Esas
observaciones me decidieron a intentar penetrar más profundamente en el
comportamiento de Edel. Estaba convencida de su superioridad espiritual,
aunque era un año más joven que yo. (Cuando nos conocimos teníamos
aproximadamente 23 y 24 años respectivamente). Por aquel entonces yo
estaba pensando hacerme monja, aunque diversos obstáculos me lo impidieron
entonces. Le escribí a Edel diciéndoselo y pidiéndole me ayudara en
mi vida espiritual, dándome consejos sobre cómo adelantar.
Edel rehusó actuar en esa calidad; simplemente me sugirió algunos libros que debería leer. La visité en el sanatorio, primero con Mona Tierney; pero luego le escribí pidiéndole que fijara un día en el cual pudiera verla sin otros visitantes. Así lo hizo, y aquella visita fue el inicio de nuestra verdadera amistad.
Haciendo bromas sobre su enfermedad
Descubrimos
que teníamos el mismo confesor, pero ni a ella ni a mí nos iba bien.
Era un sacerdote muy celoso, pero recargado de trabajo, y no podíamos
recibir de él la dirección espiritual que necesitábamos. Estoy segura
de que el fallo estaba de nuestra parte. Ambas éramos más bien tímidas,
y no lográbamos darle a conocer nuestras necesidades y dificultades.
Sea como sea, empezamos a rezar por un nuevo director, y no pasó mucho
tiempo sin que lo encontráramos.
Fui
varias veces a ver a Edel en el sanatorio. Su conversación revelaba un
profundo espíritu sobrenatural. Ella vivía evidentemente en un estado
de constante abandono a la voluntad divina, haciendo de su
cumplimiento sus delicias. Ella hacía bromas sobre su enfermedad,
aunque significaba la "desintegración" de su vida y de todos
sus planes para el futuro.
En
el sanatorio todas las ventanas y puertas permanecían abiertas, aun
cuando soplaba un viento helado. La cara y las manos de Edel estaban
azules de frío, pero se mostraba siempre radiante y llena de alegría,
como si estuviera pasando unas encantadoras vacaciones. En la medida de
lo posible evitaba cualquier alusión al estado de su salud, y nunca se
quejó de su salud, ni de nadie, ni de nada.
De
hecho no recuerdo haberla oído nunca, durante todo el tiempo que la
conocí, emplear una expresión tal como: "sufro" o "he
estado enferma". Me dijo una vez que ella había nacido el día de
la Exaltación de la Santa Cruz, y añadió, riendo: "Es el día de
mi fiesta". Comprobé claramente que la Cruz era su
"lote" en esta vida, de muchas maneras. La llevaba con valentía,
aunque estaba muy lejos de ser insensible. Pude ver que muchas cosas le
hacían sufrir, aunque no lo nombrara. A veces algo profundo en sus ojos
delataba un dolor oculto, a pesar de su brillo.
Cada vez que fui a ver a Edel en el sanatorio, la encontré con los mismo ánimos, rebosando buen humor e irradiando alegría a su alrededor. Normalmente era el centro de un grupo de pacientes, y tocaba a veces el piano para entretenerles.
La enferma en casa
Edel
tuvo cuidado en mantener las normas de la institución mientras estuvo
allí. Recuerdo que, cuando salía conmigo a dar un paseo por los
jardines, tenía mucho cuidado en no permanecer fuera más del tiempo
que le habían concedido para el paseo. Pero cuando vio que no servía
de nada permanecer en el sanatorio, ya que su salud no mejoraba, pidió
a una amiga que la llevara a casa. No veía qué sentido tenía pedir a
su familia, que no estaba en muy buena situación económica, que
continuara pagando por ella en tales circunstancias.
Durante
algún tiempo, después de su regreso a casa, Edel continuó llevando
una vida de enferma, pero no por mucho tiempo. Viendo cuán inútiles
resultaban todos los tratamientos, y convencida de que no iban a
curarle, se decidió a abandonarlos y dedicar lo que le quedaba de
vida en la tierra a alguna actividad provechosa. Muy pronto encontró
un empleo de secretaria en las oficinas de Ingeniería de Callow, y
volvió a ser miembro activo en un praesidium de la Legión de María.
Su familia y amigo\ intentaron frenar su celo; pero Edel rechazaba con una sonrisa todos los consejos de prudencia. Tenía la virtud de vencer, con una lógica sencilla y fuerte, que desarmaba todas las interferencias bien intencionadas. Cuando yo le reproché que llevara una vida normal en sus condiciones físicas, diciéndole que me parecía realmente mal, me contestó que ella había razonado consigo misma. Después de haber dado a los doctores una buena oportunidad para que intentaran curarla, y viendo que ellos no podían hacer nada para mejorar su situación, había llegado a la conclusión de que era libre de abandonarles y organizar su vida como ella creía era mejor. Es posible que las necesidades de su familia pesaran también en su decisión.
Frugal en todo
Me
dijo que se tomaba un día de descanso cuando tenía una hemorragia de
los pulmones; pero, fuera de esto, no hacía nada especial por su salud.
Su vida durante ese período fue mas bien austera para una enferma. No
permitía que la enfermedad fuera un obstáculo en la busca de una más
íntima unión con Dios. Aprovechaba la relativa libertad del control
paterno que le aseguraba su trabajo, para practicar cualquier
mortificación que le permitían las circunstancias.
Cuando
compartía la comida familiar, comía lo que le ponían delante, aunque
resultaba un poco difícil hacerle comer carne. Nunca la pedía en un
restaurante u hotel, cuando comía fuera de casa. Me dijo que encontraba
la carne realmente repugnante. Cuando le dije, antes de mi entrada en el
Convento, que nuestra regla prohibía absolutamente la carne, exclamó:
"¡Qué suerte!"
El
director espiritual de Edel intervino para moderar su austeridad. Ella
entonces comía carne, porque él le dijo que lo hiciera. Era muy frugal
en todo. Muchas veces tomamos
Una
vez, el Sábado Santo, ella estaba pasando la tarde en mi casa, y le
ofrecí unos dulces. Tomó algunos, pero me preguntó por qué se los
ofrecía. (Comer dulces en Cuaresma era considerado permitirse un
exceso..). Yo le respondí que, puesto que la Cuaresma terminaba a
medianoche el Sábado Santo, yo creía que, conforme al espíritu de la
Iglesia, debíamos cesar al mismo tiempo las privaciones de la Cuaresma.
Edel se rió de mi salida, pero parece que no encontró válido mi
razonamiento.
Espiritualidad
Desde
el principio de mi amistad con Edel, yo tenía la costumbre de abrirle
mi alma y discutir con ella todos los pequeños problemas de mi vida
interior. Yo lo hacía porque encontraba su conversación muy provechosa
en estos asuntos. Era
En
estas conversaciones, ella expresaba libremente sus opiniones, y me daba
a conocer sus preferencias en el tema doctrinal; pero nunca me dijo nada
sobre su propia vida espiritual. Hice algún esfuerzo ocasional para
conocer algo de vida de oración y de unión con Dios, pero sólo me
dio una respuesta vaga, como diciendo que no había nada que decir.
Desde luego se refería a que no había nada que ella quisiera decir.
Se
encontraba claramente tan "en casa" discutiendo los profundos
misterios de la Fe, que yo tenía la seguridad de que ella tenía algún
conocimiento experimental de ellos. Así, aunque no puedo recordar sus
palabras exactas en aquellas discusiones, sí que recuerdo sus temas
principales.
Ella hablaba con mucha frecuencia sobre la inhabitación de la Santísima Trinidad en el alma quizás habiendo sido conducida a ella por las enseñanzas y predicación del carmelita que había sido antes su confesor. El nos había encomendado algún librito que ambas leíamos y volvíamos a leer con gran provecho: "Uno con Jesús", de De Jaegher, y "De la Sgda. Comunión a la Stma. Trinidad", de Bernadot; pero también las obras del P. Plus: "Dios dentro de nosotros, en Cristo Jesús", y "Cristo en Sus Hermanos".
Autores favoritos
Luego
encontramos otros libros de igual interés: las obras de Don Marmion y
de San Juan de la Cruz, y "La Verdadera Devoción" y "El
Secreto de María", de S. Lis María Grignón de Montfort.
Estos, desde luego, eran el "pan nuestro de cada día" de los
legionarios. La Vida y otros escritos de Sta. Teresita eran también
nuestros favoritos. De hecho, el libro titulado "El espíritu de
Sta. Teresa" llegó a ser una de las obras más queridas de Edel.
Lo tenía en francés y evidentemente se aplicó a vivir constantemente
de acuerdo con sus enseñanzas.
Otros
de sus autores favoritos fueron Juliana de Norwich, Elisabeth Leseur,
Sor Elizabeth de la Trinidad y Consummata. Ella leía también obras de
Vonier y un "Tratado de Vida Espiritual", de Tanquerey, y
otros muchos, de los que no puedo dar una lista completa; y, desde
luego, el Nuevo Testamento y la imitación de Cristo, que eran los más
leídos. Intenté hacerle leer "El Castillo Interior" de Sta.
Teresa, pero rehusó ir más allá de los primeros cuatro capítulos,
diciendo que consideraba una pérdida de tiempo leer sobre gracias
extraordinarias, de las que ella no tenía experiencia personal.
Edel
estaba profundamente interesada en la forma de concebir la Divina
Presencia. Ella se daba cuenta de cuán lejos de la realidad estaban
todas las imágenes y términos figurativos para expresar analogías
entre Dios y las criaturas; por ejemplo, el ofrecer un triángulo como símbolo
de la Stma. Trinidad. En forma similar, todas las figuras utilizadas con
ilustraciones de las realidades puramente espirituales parecían
distraerla más que ayudarla.
Las dos citas del Nuevo Testamento que acudían a nuestras mentes eran las siguientes: "Dios es Amor" (1 Jn. 4,16) y "En El vivimos, nos movemos y existimos" (Hch. 17,28) Cuando encontrábamos algún escrito u oíamos algún sermón que nos servían para hacernos más comprensibles las verdades sobre Dios, o que expresaban aquellas verdades en términos que correspondían a nuestra propias ideas sobre temas espirituales, estábamos encantadas; y si sólo una de nosotras hacía el descubrimiento, lo compartía rápidamente con la otra. Recuerdo cómo se iluminaba el rostro de Edel, y su exclamación de placer, cuando yo le hacía cualquier comunicación de este tipo.
Fuente de su alegría
Esta
idea del Padre como Dios conociéndose a sí mismo, del Hijo como Dios
conocido por El, y del Espíritu Santo como el Amor Infinito que es
Dios, en el que el Padre y el Hijo son Uno en maravillosa unidad, era
una fuente de constante alegría. Hay un refrán que dice: "todo el
mundo ama al que ama". ¿Qué hombre en los tiempos modernos ha
sido más amado que el Papa Juan? El se conquistó todo el mundo,
simplemente por el poder de su amor. ¿Por qué entonces la gente no ama
a Dios? Simplemente porque no se dan cuenta de que Dios es Amor Si la
gente solamente conociera mejor lo que Dios es y lo que no es, no podrían
dejar de amarle.
Edel
y yo acostumbrábamos a hablar mucho sobre esto. Ella veía bien claro
que todo el amor que hay en el mundo, toda la bondad y amabilidad de la
gente, los sentimientos más nobles del corazón humano, desde la
entrega total sublime y heroica de las madres que se olvidan de sí
mismas, a la igualmente entrega heroica y sacrificada de los misioneros,
en una palabra, todo lo que puede conocerse en el mundo de amor
generoso, existe meramente porque Dios lo ha puesto allí. Lo ha puesto
allí como una débil parpadeante llama que refleja el fuego insondable
del amor que El mismo es. En su infinito abismo de Amor, nosotros y
todas las criaturas vivimos, nos movemos y tenemos nuestra existencia.
Esta era la fuente de la inagotable alegría de Edel.
Para Edel todo el mundo parecía estar vibrando con la presencia de Dios. ¡Cuán ciertas son esas palabras dichas cada día en la Misa: "El Cielo y la Tierra están llenos de Tu gloria"!. El comprobar esta maravillosa realidad daba a Edel la fortaleza casi sobrehumana de alma que todos admiraron en ella, la sonrisa radiante que iluminaba su rostro, y el calor de amor que ella volcaba en cada una de las personas a quienes conocía. La semilla de la Palabra que la alimentaba había caído en buena tierra, y por eso producía el ciento por uno, del que habla la parábola evangélica. Dios era su amigo más íntimo la Vida de su alma, la Alegría de su corazón, la Luz de su mente.
"Instrucciones espirituales"
Como
un ejemplo de la materia de nuestras conversaciones, doy aquí dos citas
que a ella le gustaban mucho, porque expresan algo de lo que ella sentía
que era verdad sobre la unión con Dios, en un lenguaje despojado de metáforas.
La primera es de S. Gregorio. No puedo decir nada más sobre ello. Lo
copié en una libreta en aquel entonces; posiblemente la habría
S.
Gregorio dice: "La mente debe liberarse de todas las percepciones
del sentido y de todas las imágenes de cosas corporales y espirituales,
de forma que pueda hallar y considerar-se a sí misma como es en sí
misma -es decir, en esencia-, y luego, por medio de la comprobación de
sí mismo, así vaciada de todo, se eleva a la contemplación de
Dios".
Este
acto nos parecía el primer paso hacia una percepción de la divina
presencia, y una comprensión de seres puramente espirituales, y de su
forma de estar presente. El alma humana es realmente la mejor
"imagen" de Dios que existe en la tierra, y, por la percepción
de su propia naturaleza espiritual, puede elevarse a la contemplación
de la divina Esencia, comprendiendo desde luego que hay una distancia
infinita entre ambas.
La
segunda cita es de la obra de Blosius titulada "Instrucciones
Espirituales". Fue asimismo copiada de un artículo en una revista,
y constituyó tema de conversación entre nosotras.
Blosius
escribe: "Pocos conocen la suprema inclinación, el ápice del espíritu
y la oculta profundidad del alma. En verdad, no puedes persuadir a la
mayoría de la gente de que esta profundidad existe en nosotros. Porque
es más íntimo y más elevado que las tres potencias del alma, pues es
la fuente de estas potencias. Es completamente simple, esencial y
uniforme. Pues en ella no hay multiplicidad sino unidad, y esas tres
potencias son una. Aquí está el más elevado reposo, el más elevado
silencio, ya que ninguna imagen puede llegar aquí".
"Por esta profundidad (en la que está oculta la divina Imagen) somos semejantes a Dios. La misma profundidad... es llamada el cielo del espíritu, pues en ella está el Reino de Dios... Pero el Reino de Dios es Dios mismo con todas sus riquezas. Por eso esta profundidad desnuda y sin imagen... trasciende lugar y tiempo, permaneciendo en una perpetua adhesión a Dios como su Inicio... Es la sima del alma y su esencia más íntima. Esta profundidad, que la Luz increada ilumina continuamente, cuando está abierta al hombre y empieza a lucir para él, le afecta y atrae maravillosamente".
El eterno sacrificio
Edel
comprendía también de una forma muy espiritual el misterio de la Sta.
Eucaristía y del Sacrificio de la Misa. Nuestro Señor como la Palabra
encarnada, era para ella el centro de toda realidad en la tierra. Ella
entendía que en la Sagrada Humanidad, Dios se estaba manifestando de
una forma visible, tangible para nosotros; pobres criaturas. Como
dijo Jesús: "Quien me ve a mí, ve al Padre": En su Sagrada
Humanidad, el Hijo enseñó en un lenguaje humano todas las verdades
necesarias, y nos mostró, por medio de su ejemplo, cómo ser perfectos
como nuestro Padre Celestial es perfecto.
Entonces,
por medio de su supremo sacrificio en la Cruz, ganó para nosotros el
derecho a llegar a ser partícipes de su propia condición de Hijo. Los
hechos históricos de Su vida pertenecieron hasta cierto punto al tiempo
en que ocurrieron, pero los actos realizados por Jesús pertenecían a
la segunda Divina Persona y, como tales, estaban fuera del tiempo. Jesús,
al instituir la Sagrada Eucaristía, hizo de esta verdad una realidad
vital para nosotros. Por medio del Sacrificio sacramental de la Misa, el
espacio y cl tiempo ya no son obstáculos.
La
gran y tremenda realidad de la Muerte en la Cruz del Hijo de Dios se
hace presente hasta el fin de los tiempos. Cuando asistimos a Misa, la
Sustancia espiritual íntima del Único gran sacrificio de la Nueva Ley
está entonces presente a nuestra disposición, para ser ofrecida por
nosotros en nuestro propio nombre y en el de toda la Iglesia.
"Cuantas veces comáis
de este Pan y bebáis de este Cáliz, anunciaréis la muerte del Señor". (1 Cor
11, 26). Edel tenía viva y profunda conciencia de esta
verdad. Una vez me envió una estampita en la que Nuestro Señor, en la
Cruz, es presentado en una nube por encima de la Sagrada Hostia
mantenida en alto durante
la Elevación de la Misa; y escribió: "Esta es mi imagen favorita
de la Misa. Podría asistir todo el día a Misa" De hecho
ella se esforzaba en asistir a cuantas Misas podía.
A
Edel le gustaba mucho el libro de Dom Vonier "Una llave a la
Doctrina de la Eucaristía", porque explica admirablemente la relación
entre el sacramento y los acontecimiento, de la vida de Nuestro Señor,
cuyas gracias especiales son aplicadas a nuestras almas. El ideal de S.
Pablo: Vivo yo, mas
Devoción a María
Su
parte en el programa consistía principalmente en el "no yo".
Intentaba morir a sí misma, para dejar que fuera Crispo quien viviera
en ella tanto como El quisiera hacerlo. Por lo que yo pude ver, ella
cumplió bien su parte. Parecía realmente muerta a sí misma, se
olvidaba totalmente de sí misma y de sus propios intereses por los de
los demás.
Una
necesaria consecuencia de esta forma de espiritualidad fue una tierna
devoción filial a la Madre de Cristo. María fue verdaderamente su Madre, a la que se volvía en cualquier dificultad, a la que se
consagraba como una esclava de amor de acuerdo con la enseñanza de S.
Luis María Grignón de Montfort. Era una de esas almas que pueden ser
descritas como marianas. La influencia de María en su alma se
manifestaba mediante un exquisito encanto y dulzura, que sólo poseen
las almas marianas. Le gustaba mucho la poesía de Sta. Teresita:
Edel
entró en la Legión de María para servir mejor a María, y por ella llevar las
almas a Cristo. Ella creyó firmemente en la poderosísima
intercesión de María -el poder invencible de una Madre
que es amada como tal con el amor infinito del mismo Hijo
de Dios. María era su modelo, cuyas virtudes y rasgos de
carácter procuraba reproducir al máximo en su vida.
Ella creía totalmente que, como dice S. Luis María, no podemos elegir un camino mejor para ir a Dios que el camino que El, escogió para venir a nosotros: a través de María. Desde luego, esto no significa que no se acercara a Dios directamente en la oración. En los pasajes precedentes he intentado demostrar esto claramente. Ella vivía en la presencia de Dios, y se comunicaba directamente con Jesús y con la Santísima Trinidad; pero siempre era consciente de estar bajo el patronazgo de Nuestra Señora. Se presentaba a sí misma como una hija de María en la unión más íntima con Jesús, el Hijo de Maria por excelencia.
La práctica
Los
medios elegidos por Edel para ayudarle a alcanzar los objetivos que
ella misma se había fijado eran los comunes a todos los católicos
fervientes: la Misa y Comunión diarias, Confesión muy frecuente,
meditación diaria, lectura
Ella
estaba todavía en el sanatorio cuando conocí al sacerdote que iba a
ser su y mi director espiritual; y fue ella quien, sin saberlo, provocó
mi encuentro con él, que eventualmente me conduciría a entrar en la
Orden religiosa a la que tengo la dicha de pertenecer. Ocurrió que otra
paciente en el sanatorio llamó la atención de Edel sobre la afirmación
en un periódico de que el Papa, entonces Pío XI, había suprimido dos
conventos de contemplativas cerca de Roma, y tenía la intención de
dirigir las actividades religiosas de las mujeres a canales más útiles
para la humanidad.
Edel
recortó este anuncio y me lo envió, y me pidió que intentara aclarar
con un sacerdote si eso correspondía a la verdad. La primera
oportunidad se me presentó muy pronto. Fui invitada como visitante a la
reunión de un praesidium que tenía como director espiritual a un
sacerdote, tres miembros de cuya familia estaban en órdenes
contemplativas: el P. Esteban Boylan. El mismo había estado en Roma
hacía poco, de forma que yo suponía que debía conocer el
pensamiento del Papi sobre las Ordenes contemplativas.
Después
de la reunión, le entregué el recorte del periódico,
Delicadeza de conciencia
Siguió
una conversación muy entusiasta, y, al final de la misma, el director
espiritual me tomó aparte, y me preguntó por qué estaba yo tan
interesada en los contemplativos. Le dije que yo tenía intención de
entrar en una orden contemplativa. Esto nos llevó a una discusión
sobre diversas órdenes contemplativas, y la consecuencia fue que yo
decidí, aunque no inmediatamente, entrar en una orden que era todavía
más exclusivamente contemplativa que la que yo había estado
considerando. ¡No creo que esto fuera demasiado malo, como reacción a
aquella propaganda, anti-contemplativa!
Cuando,
más adelante, Edel y yo nos pusimos bajo la dirección espiritual de
este sacerdote, acostumbrábamos ir a confesarnos con él los sábados
por la tarde. Luego, con mucha frecuencia, pasábamos la tarde juntas,
en casa de Edel o en la mía, u, ocasionalmente, en algún lugar
tranquilo en los alrededores de Dublín, cerca del mar.
Ocurría
con frecuencia que, mientras íbamos paseando juntas después de la
confesión, nuestro confesor pasaba cerca nuestro con su bicicleta,
saludándonos al pasar. Un día, al pasar él, le dije a Edel: "Me
pregunto: ¿qué pensará él de que estemos tan a menudo juntas?"
Edel contestó: "No hay problema. El aprueba nuestra amistad. Se lo
he preguntado". Esto me tranquilizó, pero también me sorprendió,
pues nunca se me había ocurrido pedirle su aprobación. Me hizo
vislumbrar la delicadeza de conciencia de Edel.
En otras ocasiones, pude ver cómo ella actuaba de acuerdo con las normas de la perfecta prudencia y circunspección. Aunque siempre derrochaba un buen humor lleno de simpáticas ocurrencias, y dispuesta a reír de corazón a la más mínima provocación, era realmente seria en las profundidades de su alma. Era profundamente consciente de la seriedad de la vida. Esto se manifestaba en el deber, cumplido con toda responsabilidad y a conciencia.
Fe y Esperanza
Dos
expresiones de las Sagradas Escrituras parecen ser aplicables a Edel: !Oh
mujer, grande es tu fe! (Mt 15,28), dicho por el Señor a la Cananea, y
aquellas palabras de S. Pablo: El
No
creo que nunca sufriera de tentaciones contra la Fe. Un día le mencioné
que una vez había tenido tentaciones de este tipo, añadiendo que
parecía un toque del Purgatorio. Edel contestó que pensaba que debería
ser como un toque de Infierno, y habló en términos tales, que yo saqué
la conclusión de que probablemente ella no tenía experiencia personal
de tales pruebas, pero su sólo pensamiento la horrorizaba.
Su
Esperanza era tan fuerte como su Fe. Se había convertido en ella en un amoroso estado de abandono en la
Voluntad y en el cuidado de nuestro
Padre Celestial. Por lo que uno podía juzgar de sus palabras y acciones,
ella vivía con Dios como un niño en la casa de su Padre.
No puedo recordar nada concreto que ella dijera sobre el tema, excepto unas pocas observaciones respecto a la virtud cristiana ordinaria de la Esperanza. Ocurrió que el padre de una familia que ambas conocíamos murió prematuramente, dejando a su esposa y familia en gran desolación. Una de las hijas, especialmente, estaba hundida. Los parientes próximos estaban muy preocupados por ella, y Edel me habló sobre ello en términos de desaprobación. En tales casos -le parecía a ella- deberíamos encontrar fuerza en la virtud de la Esperanza, para superar nuestros sentimientos demasiado natura les; y exagerar nuestro dolor por nuestros familiares difuntos era contrario a esta virtud.
Caridad
Aunque
la vida espiritual de Edel, como la de todos los verdaderos cristianos,
estaba basada en las tres virtudes teologales, era la virtud de la
Caridad la que brillaba con mayor fulgor en todo lo que hacía y decía.
El Amor a Dios y a sus prójimos la llenaban de forma desbordante. Ella
vivía entera-mente para Dios, buscando sólo glorificarle y demostrarle
su amor por todos los medios a su alcance.
Dios
era para ella la Realidad que más le cautivaba. Acostumbraba a hablar
en términos que no dejaban lugar a dudas sobre
su amor a El, que lo abarcaba todo. Ella le veía siendo tan realmente
el Amor mismo, tan infinitamente bueno, hermoso y verdadero, tan
extremamente digno de todo amor, que sencillamente no podía dejar de
amarle con todas las fibras de su ser.
Me
resultaba claro que el don de la Sabiduría ella lo poseía en gran
abundancia, aquel don que permite a las almas "gustar y ver cuán bueno
es el Señor." Un amor tan ardiente por Dios no podía permanecer
completamente escondido, aunque Edel, por motivos de humildad, evitaba
hablar a la gente en general en cualquier forma que pudiera revelar la
llama interior.
Ella
no hablaba sobre Dios a la gente; ella les daba a Dios Su caridad
fraternal no conocía límites. En simplemente la sobreabundancia del
amor divino que llenaba su corazón y su alma. Se entregó sin reserva a
todos. Aunque naturalmente tímida, era el centro de atracción en
cualquier círculo donde llegaba a estar presente. Cada uno sentía el
irresistible encanto de su personalidad. Era la más popular de las
amistades, simplemente porque eran manifiestas su indefectible
cordialidad y simpatía. Estaba siempre a punto para ayudar a otros por
cualquier medio que estuviera en su poder. Parecía que nunca pensaba en
sí misma.
La débil salud de Edel nunca fue un pretexto para rehusar un servicio. Al contrario, insistía en ayudar aún cuando otros no querían que ella lo hiciera, por temor a cansaría demasiado. Con una sonrisa encantadora y un poder irresistible de persuasión vencía todas las resistencias bien intencionadas. Recuerdo uno de estos ejemplos, cuando se encontró conmigo un día yendo a una reunión de la Legión, llevando yo un cargamento más bien pesado de manuales. A pesar mío dejé que aliviara ella mi carga.
Dio lo mejor de sí misma
Buscó
siempre adaptarse a los gustos e incluso a las debilidades de los demás,
haciéndose a sí misma "toda de todos".
Cuando
se encontraba con conocidos casuales, hablaba cualquier tema que sabía
era de interés para la otra persona.
A
veces sería la última novedad en películas, o noticias deportivas, o
vestidos. Prestaba igual atención y simpatía a todas las clases y
tipos, no importándole lo pesada o aburrida qué fuera la conversación
de esta persona; parecía que para ella era muy interesante. Quizás sería
más verdad afirmar que ella la hacía interesante gracias a su
contribución personal. A ella no le importaba nada, excepto la
oportunidad de hacer el bien, dar gusto a otros y gloria a Dios. Una
conversación que le brindara tal oportunidad le resultaba interesante
por ese mismo motivo.
En
diversas ocasiones pude observar cómo ella daba lo mejor de sí misma a
toda persona con quien se encontrara. Parecía no ser consciente de
diferencias exteriores en la gente; tanto si eran ricos o pobres,
inteligentes o torpes, aburridos o encantadores, todo era lo mismo para
ella. Les saludaba y conversaba con ellos con la misma cordialidad. A
veces ocurría que el entregar ella de todo corazón su tiempo a otros,
puso a prueba mi paciencia. Por ejemplo, si nos encontrábamos con
alguien que tenía ganas de detenerse y conversar, aunque parecía no
haber nada de importancia para decir, Edel se paraba y entraba en
conversación como si no tuviera nada más que hacer, aunque quizás íbamos
contra reloj.
Una vez me pidió que esperara un momento mientras ella visitaba a una familia pobre. Esperé pacientemente durante los primeros diez o quince minutos, pero, después de esto, cada momento me parecía una eternidad. Finalmente se abrió la puerta, oí las risas y voces de la familia y de Edel, mientras ella se despedía con tal cordialidad, que uno hubiera creído que esa gente eran sus más íntimos familiares.
Comprensión
Siempre
hablaba con amabilidad de la gente en su ausencia, aunque era capaz de
hacer alguna alusión jocosa sobre alguna peculiaridad de alguien. Las
dos conocíamos a un sacerdote hacia quien sentíamos gran reverenda,
pero que tenía una costumbre que no nos gustaba mucho -por lo menos a mí
no me gustaba, y Edel lo sabía-. Acostumbraba a dirigirse a las chicas
con las que hablaba como "queridita". Sabíamos, desde luego,
que había contraído esta costumbre en el campo
Edel
tenía un profundo respeto por los sacerdotes, y no puedo recordar ninguna palabra de crítica dicha por ella
respecto
a ninguno de ellos. Su reacción espontánea procedía de un profundo
sentimiento de comprensión. Una vez, las dos estábamos hablando con un
joven sacerdote, quien nos contaba cómo le habían suspendido en un
examen. Había participado
con otros graduados universitarios en un examen que comen primer lugar;
había también otros dos buenos premios.
Este sacerdote había dicho que estaba seguro de llevarse el primer premio, porque conocía a los otros dos hombres que se presentaban, y sabía que él estaba mejor preparado que ellos. También se presentaba una chica al examen, pero ésta no le preocupaba: "¡sólo es una chica!"... Luego, tuvo la gran desilusión y sorpresa, pues fue la chica quien quedó en primer lugar y obtuvo el primer premio. En ese momento, simultáneamente, Edel y yo expresamos nuestros sentimientos, ¡tan diferentes! Con una risa triunfante dije yo: "¡Le ha estado bien empleado!"; pero Edel, con más comprensión, dijo sólo "¡Mala suerte!".
Ansias de ayudar
Su
cualidad más extraordinaria era quizás su aparentemente ilimitada
energía, pletórica de ilusión y alegría. Cuando llegaba la
oportunidad, ella desplegaba una energía y una viveza desbordante en su
entrega de sí misma. Durante todo el tiempo que la conocí, nunca vi
que se mostrara cansada o moviéndose con lentitud. Al contrario,
siempre estaba ansiosa de acudir presurosa en ayuda de la gente.
Recuerdo
haber estado con ella en tina fiestecita que había organizado para
chicas jóvenes, de unos 15 años, que estaban haciendo un cursillo de
formación como niñeras en un hogar de niños. Después del té hubo
juegos, en los que ella tomó parte muy activa, corriendo, saltando o
sentándose en el suelo como si tuviera la misma edad que las chicas.
Sin embargo, por
aquel tiempo ella estaba bastante enferma; fue al poco tiempo de su
regreso del sanatorio.
En
varias ocasiones observé esta aparentemente sobreabundante energía. Un
observador casual habría pensado que se trataba de una jovencita que
gozaba de la mejor salud. Yo la admiraba, pero me sentía incapaz de
imitarla, a pesar de que yo gozaba de salud normal. Yo estaba
convencida, incluso ya entonces, de que debía estar recibiendo ayuda
extraordinaria de Dios.
He oído que se le ha acusado posteriormente de faltar a la caridad hacia los demás paseándose por el mundo teniendo tuberculosis, con el peligro de contagiar a otros. Debe entenderse que en Irlanda, en aquel entonces, por lo menos en nuestro círculo, no había gran temor al contagio de T.B. La opinión general era que no había peligro para quienes dormían en la misma habitación con pacientes de T.B., y que el grave peligro de contagio existía sólo durante aproximadamente los últimos seis meses antes de la muerte. Estoy segura de que Edel no pensaba que hubiera el más mínimo peligro para los demás por estar simplemente en su compañía, igual que nosotros no teníamos ningún temor a contagio estando con ella.
Preocupación por sus hermanas
Al
principio, después de volver del sanatorio, ella compartía la habitación
con sus hermanas menores, pero insistió a su familia a que cambiaran de
residencia para que ella pudiera tener una habitación para ella sola.
No era asunto fácil, porque su padre era muy aficionado al mar, y el
piso que por aquel entonces ocupaba la familia tenía una hermosa vista
sobre el mar. Mr. Quinn, lógicamente, no quería cambiarse. Sin
embargo, Edel insistió con fuerza, y dijo a sus padres que, si no se
trasladaban a una residencia más espaciosa, ella tendría que buscar
alojamiento en otro lugar, porque, en conciencia, ella no podía seguir
compartiendo la habitación con sus hermanas, haciéndoles correr el
riesgo de un contagio. Esto fue suficiente: la familia se trasladó a la
casa en Monkstown Road, conocida ahora como su casa.
Ciertamente,
si Edel hubiera pensado que sólo el vivir en compañía de sus hermanas
era un riesgo para ellas, se hubiera negado a vivir en la misma casa,
al igual que se negó a compartir su habitación. Sin embargo, los
hechos parecen estar a su favor, pues nadie, que yo sepa, ya sea entre
los amigos o parientes de Edel, contrajo la tuberculosis como resultado
de haber estado en contacto con ella.
Edel
no tomó muy en serio los juicios médicos con respecto a ella, porque
tenía experiencia de cuán inseguros eran. Un doctor la declaró libre
de T.B.; pero, un par de semanas más tarde, su madre, que dudaba, la
llevó a otro médico, quien dijo que tenía los dos pulmones afectados,
uno de ellos gravemente.
Edel se reía de ello, como si fuera un chiste muy divertido, lo mismo que lo hacía cuando la gente le decía que sólo le quedaba un año de vida. No se preocupaba por su futuro, y sencillamente abandonaba todo lo que la afectaba en manos de Dios. Su único deseo era sacar el máximo provecho del tiempo que le pudiera quedar para la gloria de Dios y el bien de las almas.
Celo apostólico
Puesto
que su mala salud le había cerrado las puertas a una comunidad
religiosa, Edel decidió dedicarse al apostolado de la Legión de María.
A partir de entonces esto se convirtió en el trabajo de su vida. Aunque
ya no se le asignaba la tarea de trabajar por las chicas de la calle
visitaba con frecuencia el hostal Santa María, para entretener a las
residentes y para ayudarles a perseverar en las buenas resoluciones que
las habían llevado allí. A veces pasaba fines de semana en ese hostal,
para permitir que las legionarias responsables del mismo, que residían
allí, pudieran disfrutar de un poco de respiro.
Ocurrió
que en una de estas ocasiones hubo una escena entre las residentes, una
escena más desagradable de lo normal, que le hizo a Edel derramar lágrimas.
Una de las legionarias que estaba presente entonces, me habló después
sobre ello y me dijo: "¿Puedes imaginarte lo que fue ver llorar a
Edel? Fue la única vez en mi vida que la vi llorar".
Más
tarde hablé con Edel sobre lo que ocurrió, pero ella contestó muy
vagamente, deseando obviamente evitar un tema desagradable. He olvidado
sus palabras textuales, pero me dejaron la impresión de que lo que la
afectó tan gravemente fue la vista de la degradación moral de ciertas
almas.
Ella
estaba siempre llena de entusiasmo cuando hablaba de la Legión de Mafia
y de su trabajo en favor de las almas. Seguía la extensión de la Legión
con el más profundo interés, y entregaba su tiempo y sus fuerzas, con
absoluta generosidad, a cualquier trabajo legionario que ella pudiera
hacer. Emprendió con gran interés viajes de extensión de la Legión
en su tiempo libre, y siempre se podía contar con ella para que
ayudara en cualquier asunto extra que se presentara.
La
recuerdo acudiendo a ayudar a la puesta en marcha de un nuevo praesidium
en la escuela de jóvenes pensionistas de las Dominicas en Sion Hill,
aunque no tenía ocasión de hacerlo. Nunca se preguntaba a sí misma si
estaba obligada a hacer una buena obra. ¡Le encantaba tanto descubrir
la oportunidad de hacerla!
Ella me escribió después de su breve experiencia de trabajo de extensión en Gales en 1936, y me decía que se podría prestar gran ayuda a un sacerdote si hubiera un legionario que se ofreciera para ir a vivir allí y tomar parte en el trabajo apostólico. Añadió que ella misma se estaba planteando el hacerlo. Ahora, desde luego, todo el mundo sabe que se modificó su destino y fue enviada a África.
Sus cartas
Al
poco tiempo de llegar a África, me escribió contándome su primer éxito
en la fundación de praesidia y pidiendo oraciones por el trabajo allí.
Decía que los sacerdotes en África eran maravillosos. Ella estaba
siempre viajando, y raras veces pasaba más de dos noches consecutivas
en el mismo lugar. Me contaba cuán feliz era cuando podía pasar una
noche en un convento, y me decía cuán amables eran las monjas. Añadía
que incluso le lavaban su ropa: "No lo cuentes en la recreación
-comentaba bromeando- y a veces incluso me hacen algún remiendo".
No
tardaron en irse espaciando sus cartas. Evidentemente estaba muy
absorbida por su trabajo en favor de la Legión en África. Con todo, no
tardó en estallar la Segunda Guerra Mundial, que puso tan fin forzoso a
toda nuestra correspondencia. Fue también responsable esta Guerra de la
destrucción, por obediencia, de las cartas que yo había recibido de
ella desde que entré en el convento en Italia. El peligro de una
posible indiscreción en las cartas, en caso de revisión por parte de
las autoridades del ejército ocupante, trajo la orden de quemar toda la
correspondencia; así las cartas de Edel tuvieron que ser quemadas con
las demás.
La destrucción de las cartas, mucho más numerosas y más interesantes que Edel me había escrito mientras yo estaba en casa, la había considerado, antes de entrar en el convento, un paso necesario hacia el cumplimiento de mí vocación. Esto puede parecer ahora una pena. Durante la ausencia de cada una de nosotras fuera de Dublín intercambiábamos largas cartas -unas dos o tres a la semana- en las que discutíamos las ideas que nos habían impresionado en los libros que leíamos o en los sermones que escuchábamos.
"Muy cerca de Dios"
Era
extraordinario con qué facilidad y certeza Edel decidía prontamente en
todas las ocasiones qué acciones debía emprender. Tenía una
capacidad poco común de tratar con los demás y evitar indiscreciones.
Su sabiduría y excepcional capacidad en este terreno habían causado
honda impresión en su propia familia, de tal manera que incluso sus
padres acudían a ella pidiendo su consejo en problemas difíciles y
delicados. Su padre solía llamarla por eso: "abuelita".
Cuando su hermano o hermanas eran enviados a una nueva escuela, era Edel
quien quedaba encargada de efectuar las gestiones.
Recuerdo
que su forma de actuar con esa seguridad tan pronta en todas las
ocasiones, despertó en mí algún recelo, planteándome si esto estaba
en armonía con la humildad que en todas las ocasiones irradiaba Edel.
Fue la Reverenda Madre Mary Martín, fundadora y actual Madre General de las Misioneras Médicas de María, quien me ofreció la clave del misterio. Después de la marcha de nuestro Director Espiritual para entrar en la vida religiosa, la Madre Mary (en aquel entonces Srta. Martín) me ayudó a encontrar un nuevo director. Me puso en contacto con un sacerdote muy renombrado, un experto que me fue muy bien, pero cuya dirección Edel no podía decidirse a seguir. No se encontraba a gusto con él, ya que ella tenía que tratar con él en relación con los estudios de su hermano en el Instituto en el que este sacerdote estaba de Profesor. Con todo, Edel tuvo cierta dificultad en encontrar un director, y durante un tiempo no tuvo ninguno. Hablé a la Srta. Martín sobre la dificultad de Edel. No era amiga íntima de Edel, se conocían sólo de forma casual, pero ella dijo en esa ocasión que creía que Miss Quinn era una de esas raras almas que no necesitan un director porque están bajo la guía del Espíritu Santo. Entonces añadió: "He observado a Miss Quinn: ella está muy cerca de Dios". Estas palabras, viniendo de una persona como la Srta. Martín, me impresionaron profundamente.
Ejemplo de prudencia
Un
día Edel y yo fuimos a tomar té en un hotelito particular, donde acudían
normalmente personas de más edad. Queríamos que no nos molestaran
mientras hablábamos de nuestros proyectos. Creo que fue poco antes de
que yo entrara en el convento. Para nuestra sorpresa, un clérigo no católico,
que había terminado su comida, se acercó a nosotras al salir y empezó
a conversar. Evidentemente él se equivocó, tomándonos también por no
católicas.
Nos
preguntó si éramos miembros de su congregación, y nos dijo el nombre
de su iglesia. Le respondimos que no; entonces él empezó a exhortarnos
a que acudiéramos allí, diciéndonos que dos mujeres jóvenes podían
hacer un gran bien y atraer a otras con su ejemplo.
Edel siguió mirándole con una expresión más bien divertida. Yo abrí la boca para decirle que éramos católicas, pero Edel me dio rápidamente un pisotón por debajo de la mesa para hacerme callar. El clérigo siguió adelante, diciendo que nos buscaría en su iglesia el próximo domingo.
Luego
le pregunté a Edel por qué no me dejó decirle que éramos católicas.
No recuerdo la contestación exacta pero
La única esfera en la que la prudencia de Edel parecía más bien dudosa era en el tema de su propia salud. Puede ser que ella estuviera actuando bajo la inspiración del Espíritu Santo, y estaba por eso por encima de la ley general de la prudencia. Las vidas de los santos nos ofrecen muchos ejemplos de una conducta semejante, entre los más recientes está el ejemplo del que Edel tenía por modelo: Sta. Teresita. De todos modos, parecería que Dios aprobaba su actuación, pues vivió mucho más tiempo de lo que se esperaba.
La mujer valiente
En
cuanto al cuidado de su salud, ella probablemente pertenecía a la
categoría descrita como "más para ser admirada que para ser
imitada". Su prudencia era probablemente del tipo que se inspira en
las palabras de Cristo, en las que El nos dice que, si el grano de trigo
muere, da mucho fruto (Cfr In. 12,24). Con todo, ella no desatendía
totalmente su salud. Recuerdo una noche en que teníamos que ir a las
Dominicas de Tallagh y no teníamos tiempo de cenar; Edel se compró dos
tabletas grandes de chocolate, que comió mientras tamos hacia allí.
También se apoyaba en el respaldo de su silla al sentarse, porque sus
pulmones necesitaban esa posición.
En
Edel, la justicia y el amor se armonizaban. Nunca la vi faltar a la
virtud de la justicia. No sólo se esforzaba en dar a Dios y al prójimo
todo lo que le era debido, sino que iba mucho más allá. Era plenamente
consciente en el cumplimiento de los deberes de su estado de vida.
Recuerdo haber tenido que esperar en el garaje en Callow mientras ella
terminaba la correspondencia de la empresa, aunque ya había pasado la
hora de salida.
Pienso
en Edel como en la "mujer valiente" de las Escrituras. Parece
imposible explicarse tal energía y alegría del alma en una persona tan
minada por una enfermedad tan temida, si no es por el don sobrenatural
de la fortaleza. Era realmente impresionante ver con qué energía se
comportaba en todas las ocasiones, no sólo de vez en cuando, sino
siempre.
No llamaba menos la atención su alegría y serenidad en circunstancias difíciles. Su buen humor era inagotable. En su vida no tenía cabida el mal humor. Durante el tiempo en que la conocí, sólo la vi un poco abatida en dos ocasiones, y esto me llamó la atención como algo completamente extraño y sorprendente.
Nubes y sol
La
primera ocasión fue la tarde de la fiesta de despedida ofrecida por la
Legión en Regina Coeli al Padre Boylan antes de que se marchara a la
Cartuja. Los legionarios servían el té, utilizando grandes teteras.
Aunque Edel era una de las del comité organizador, se pensó que era
mejor no permitir que ella sirviera, porque las teteras eran demasiado
pesadas para ella.
Antes
de que empezara la fiesta, algunas de nosotras nos pusimos de acuerdo
para apoderarnos rápidamente de las teteras, en cuanto estuvieran
llenas, para que ella no pudiera tener acceso a ninguna. La
"conspiración" nos salió bien, y Edel tuvo que conformarse
con estar sentada junto a una de las mesas y dejarse servir como si
fuera uno de los invitados. Estábamos todas contentas con nuestro éxito
hasta el final de la fiesta, cuando ya estábamos poniéndonos los
abrigos para marchar. Entonces una de las que formaban parte del
"complot" se acercó a mí y me dijo: "Edel está muy
enfadada con nosotras por no permitirle ayudar con una de las teteras;
no nos dirige ni siquiera la palabra. Ven y mira si puedes hacer
algo".
Fui
y hablé a Edel, pero ella no me contestó. Entonces le dije: "¡Edel,
me dejas sorprendida!"; y realmente lo estaba, pues nunca había
visto a Edel enfadada de ese modo... Ella me contestó en un tono algo
enérgico: "Puedes estarlo".
Fue
todo lo que dijo. Evidentemente, en esa ocasión estaba dolida. Le habíamos
impedido dar la última prueba de gratitud a un sacerdote que la había
ayudado mucho, y al que ella se sentía muy agradecida. De todos modos,
nos acompañó de vuelta hacia casa, y su pequeña ráfaga de enfado había
desaparecido. Probablemente su emoción había sido demasiado fuerte
para permitirle participar en la conversación.
La
otra ocasión, de tipo más ligero, fue cuando fui a visitarle una tarde
en su propia casa. No tenía su habitual sonrisa radiante, y su expresión
general revelaba que se sentía molesta por algo. Le pregunté qué le
ocurría, y me dijo que se le había llamado severamente la atención
sin que por su parte hubiera una verdadera falta. Lo consideraba injusto
y estaba dolida. Le di la razón, y le dije unas palabritas de consuelo.
Al cabo de pocos minutos su sonrisa y su encantadora expresión
volvieron a su rostro.
Con
mucha frecuencia, Edel tenía ataques de tos mientras hablaba. Sí otros
planteaban la cuestión o le preguntaban cómo estaba, acostumbraba
contestar: "Magnífico, gracias", y cambiaba de tema, a veces
preguntando por la salud de su interlocutor.
Cuando la visité en el hospital, un par de días después, de que hubiera sido ella operada de apendicitis, estaba sentada en la cama, sonriendo. Le pregunté cómo se encontraba y me dijo que se encontraba como de costumbre. Entonces observó que yo estaba resfriada, y me dijo, riendo, que la enferma era yo, no ella, ¡y me dio unos consejos sobre cómo curarme el resfriado!
Edel en casa
A
veces me pedía que pasara la tarde con ella en su casa, cuando sabía
que una determinada amiga de su madre iba a estar allí. Quería mi
presencia para actuar de freno ante las efusiones bien intencionadas de
esa buena señora, que tenía la costumbre de lamentarse de la poca
salud de Edel y decirle a la Sra. Quinn todo lo que debería hacer para
cuidar a su hija. Edel lo encontraba de muy poco gusto, ya que hacía
mil aspavientos respecto a ella.
Comía
muy poco, y se abstenía de cosas normalmente necesarias para un
enfermo. No le preocupaba en absoluto saltarse una comida; esto ocurría
sobre todo en la primera fase de su enfermedad. Más adelante su
director espiritual le dijo que comiera carne, y que por la mañana se
levantara un poco más tarde, y así lo hizo.
Se
retiraba tarde a la noche, y se acostaba sobre una cama dura. Descubrí
este hecho incidentalmente un día, en su habitación;
estaba yo sentada en un extremo de su cama, y me incliné tocando con la
mano hacia el centro. La noté tan dura que exclamé: "¿Cómo
puedes dormir sobre una cama así? ¡Es dura como una tabla!"
Edel,
que estaba de pie frente a mí, se sintió un poco turbada ante mi
descubrimiento, y, tomándome del brazo, me llevó al otro extremo de la
habitación.
Es
muy posible que tuviera una tabla en su cama, porque algún tiempo después
de este incidente me contó cómo su hermano la había llenado de
confusión. Fue en tiempos del Congreso Eucarístico, cuando la gran
afluencia de visitantes había ocasionado un llamamiento a todos los
ciudadanos a ofrecer alojamiento en la medida de lo posible. Edel había
propuesto a su hermano que él durmiera en su habitación mientras ella
dormiría en cualquier parte, de forma que la habitación de su hermano,
que era mejor que la suya, pudiera ser ofrecida para algún visitante.
Su hermano se negó, afirmando: "¡No, gracias! ¡Tu cama
probablemente es un tablón !" Hasta ese momento Edel creía que su
hermano no sabia nada de sus aspiraciones espirituales o de su forma de
vida.
Cuando ella y yo compartíamos habitación en unos Ejercicios en Baldoyle en invierno, las monjas pusieron cada noche unas botellas de agua caliente en nuestras camas. Lo primero que hizo Edel al entrar en la habitación fue sacar su botella y ponerla en el suelo, donde se quedó hasta la mañana siguiente. Durante los Ejercicios ella mantuvo perfectamente el silencio, a pesar de que sólo éramos dos en la habitación. Fui yo quien elegí compartir la habitación con Edel en esa ocasión; ella no tuvo ocasión de elegir. Yo había organizado los Ejercicios, y había tantos solicitantes, que las monjas pusieron a nuestra disposición una habitación con dos camas, que no se ocupaba normalmente durante los Ejercicios.
Irradiando alegría
Cristo
dijo a sus Apóstoles un día que no le verían más y que su alegría
sería plena. Añadió: Y nadie podrá quitaros vuestra alegría (Jn.
16, 22). La alegría así prometida, evidentemente era el comienzo de la
"alegría del Señor", en la que los "siervos buenos y
fieles" serian invitados a entrar
Puedo
verdaderamente afirmar que nunca conocí a nadie tan radiante en su
expresión, tan llena de alegría y tan dulce y juguetona en su manera
de ser.
Un
día, cuando fui a visitarla cuando la familia Quinn todavía vivía en
su piso junto al mar, tuve que esperar en el rellano, junto a la sala de
estar, hasta que el ruido que los niños estaban haciendo dentro se calmó
un poco. Siguieron llegando hasta mí las carcajadas y pequeños gritos
de regocijo. Evidentemente tenía lugar un juego ruidoso. Luego, cuando
una pequeña tregua me permitió hacer oír mi presencia, se abrió la
puerta y salió Edel para hacerme entrar en el salón; su cara, cabello
y expresión general manifestaban que había estado tomando parte activísima
en la diversión. Esto era típico de ella; era como un rayo de sol
irradiando luz y alegría dondequiera que estuviera.
Se
reía de todo corazón ante un chiste, o ante cualquier pequeño
incidente que tuviera una parte divertida. Ciertamente, a veces me hacía
el efecto de que ella reía un poco demasiado ante incidentes
insignificantes. Una vez le pregunté si ella era así por naturaleza, o
si cultivaba esa alegría como virtud. Me respondió que "tres
cuartas partes" era por naturaleza.
Me
di cuenta de que su gran alegría no se debía meramente a una disposición
naturalmente jovial, sino que probablemente bastante más de la
"cuarta parte" procedía del Padre de la Alegría, que
comunicaba su propia alegría al alma de Edel. Evidentemente ella
cultivaba la alegría como virtud, probablemente queriendo parecerse en
esto a su modelo celestial:
Sta. Teresita. Quizás ella se reía más en mi compañía, para curarme de ser demasiado seria.
¡Ella reía tanto!
Antes
de que yo entrara en el convento, estábamos leyendo juntas un folleto,
y en él la alegría se mencionaba como una de las cualidades necesarias
para las postulantes. Dije a Edel:
Otro
día estábamos en la sala de espera de un médico. Teníamos la sala
para nosotras solas, hasta que un gato se decidió a entrar por una ventana. Edel inmediatamente pegó un salto y empezó a jugar con el
gato por toda la sala, ante mi fastidio, pues yo quería continuar
nuestra conversación. Después de unos breves momentos, se lo eché en
cara, pero no se paró en seguida. Entonces le dije: "¡Creo que
esto es ridículo!". Edel dejó entonces de jugar, pero dijo en un
tono ligeramente ofendido: "Creo que eres algo brusca".
Después
de su operación, me escribió diciéndome que el cirujano le había
dicho bromeando que, ahora que le habían sacado el apéndice, pesaba
menos de un lado que de otro. Añadió ella entonces divertida:
"siempre habías pensado que yo era un poco desequilibrada, y ahora
es un hecho". Desde luego yo nunca había pensado que ella fuera
desequilibrada. Mi sentido del humor estaba lejos de ser tan fino como
el suyo, por eso no siempre podía yo ver por qué ella tenía que
reírse tanto. Quizás, a veces, ella reía simplemente por pura
"plenitud de alegría". Probablemente ella se parecía a aquel
anciano monje irlandés que estaba siempre desbordante de alegría, y
quien al ser preguntado por la razón de su gran felicidad, respondió
que era porque poseía a Dios y nadie podía apartarle de El. Edel
hubiera podido dar la misma contestación a esa pregunta, si alguien se
la hubiera llegado a plantear.
Tuve
la oportunidad de comprobar que la radiante serenidad que se reflejaba
en su rostro no era meramente el efecto de un deseo de ser una compañía
agradable. Un día, yendo yo hacia Dun Laoughaire, en la parte superior
de un tranvía de dos pisos que pasaba delante de la casa de Edel, la vi
sentada en su habitación muy cerca de la ventana, ligeramente inclinada
sobre una mesa en la que estaba haciendo algo, probablemente escribiendo
o leyendo. Ella no me vio, pero yo la vi claramente y me impresionó su
expresión radiante.
En
aquella ocasión, como en realidad habitualmente, me pareció como si
estuviera revestida de la divina presencia. Esto era lo admirable en
Edel: a pesar de su buen humor,
Unión
de voluntades
Edel
tenía una especial estima de la obediencia. PNfl elír, la
ot>e'~&'én cta no era una sumisión servil, sino simplemente un amor en
acción, pues nos asegura hacer siempre lo que sefl inós
agradable a Dios Lo que Edel buscaba en la obediencia era simplemente el
cumplimiento más perfecto posible de la voluntad de Dios. Así la
obediencia y su amor a Dios eran una única y misma cosa.
Cuando
tenía un director espiritual, le obedecía en todo lo que era necesario
para su dirección espiritual. Su director condujo a sus penitentes a la
práctica de las virtudes de la vida religiosa, en cuanto esto era
compatible con los deberes de sus respectivos estados de vida, aunque no
les permitió hacer el voto de obediencia a él. El insistía
especialmente en la práctica de la pobreza.
Creo
que Edel había hecho un voto de pobreza, por el que se obligaba a
someter, para su aprobación, todos los gastos que quería hacer para
sus propias necesidades, excepto en el caso de cosas pequeñas, tales
como medias. Era más bien la suma a gastar lo que se fijaba. Por su
sentido de la obediencia en este punto, ella adquirió una vez un equipo
de invierno tan poco atractivo e inadecuado para ella, que la familia
manifestó su desacuerdo. Ella siguió vistiéndose así durante todo el
invierno; pero, para Pascua, se presentó radiante, con un conjunto muy
a la moda y que le quedaba muy bien. Cuando me la encontré vestida así,
manifesté mi sorpresa. Edel se rió y me dio que se había rendido ante
las protestas de su familia. No creía que debía continuar ocasionándoles
el disgusto que les había causado con su ropa de invierno.
Probablemente había llegado a un acuerdo sobre este punto con su
director.
Antes de que yo entrara en el convento, estuvimos discutiendo una noche la Regla bajo la que yo iba a vivir. Cuando yo le indiqué cómo toda la vida de los religiosos de nuestra Orden estaba regulada por la obediencia, frecuentemente incluso en los detalles más pequeños, ella expresó su viva satisfacción, porque creía que, en una vida así, uno podría estar casi seguro de hacer constantemente lo que es más agradable a Dios.
La joya escondida
Otro
distintito admirable del carácter de Edel era su profunda humildad.
En ella tomó la forma de saber desaparecer, procurando pasar
desapercibida. Hacia todos los que se encontraban casualmente con
ella, y que tenían solamente un contacto superficial con ella, se
mostraba como una joven moderna, alegre, siempre riendo y haciendo
bromas, tomando un gran interés en cualquier asunto que pudiera
interesarles a ellos, ya sea noticias, o diversiones, o cualquier otra
cosa. Ella procuraba practicar así el consejo de Nuestro Señor:
Le
horrorizaba ser objeto de especial estima. Dándose cuenta de que algunas
personas le manifestarían su admiración si conocieran su forma de
vida, hacía todo lo que estaba a su alcance para que no se trasluciera
lo más mínimo cualquier práctica que sobrepasara los deberes
ordinarios de todos los católicos.
Incluso
sus amigos más íntimos desconocían en gran parte su vida interior.
Nunca nos hablaba sobre ésta directamente, sólo a algunos reveló
indirectamente las riquezas de su alma. Únicamente conozco una persona a
quien habló así íntimamente en mi presencia, una monja que había
sido profesora suya en la escuela. Me llevó un día con ella a
visitarla. Después de presentarme, dijo a la monja: "Es una de las
nuestras; podemos hablar"; y conversamos íntimamente sobre Dios y
la vida espiritual, exactamente igual como lo hubiéramos hecho si hubiéramos
estado solas.
Edel
me pidió que le repitiera a la monja un sermón que había oído sobre
la Pasión, que antes le había repetido a ella. El predicador, un
Carmelita Descalzo, había explicado la naturaleza siempre actual de la
sustancia interior de la Pasión. El había señalado que, en lo que
respecta a Dios, los actos de la Pasión, están eternamente presentes.
El tiempo no cuenta. Podemos estar presentes en espíritu en el Calvario
cada vez
Revelaba muy poco
Generalmente
ella se esforzaba en ocultar las secretas aspiraciones de su alma,
incluso ante sacerdotes y monjas; quizás todavía más ante ellos,
porque, en su caso, el riesgo de atraer su aprecio hubiera sido mayor.
Observé
que, después de entrar yo en el convento, las cartas que me escribía
eran más corrientes que las que me escribía mientras yo estaba en
casa. Me di cuenta de que escribía así para evitar revelar algo de los
secretos de su alma a aquellos que sabía leerían la carta antes de
entregármela. Desde luego, como ya he dicho, incluso a mí me había
revelado muy poco, y ese poco sólo indirectamente. Ella creía que debía
guardar el "secreto del Rey"
Yo
siempre estuve convencida, a juzgar por su conversación y su vida, que
ella recibía gracias especiales en la opción, gracias de luz y
contemplación, que le permitan tener una comprensión más profunda que
la ordinaria sobre los grandes Misterios de la fe. Era extremamente
reservada al respecto. Uno sentía que ella, probablemente, tenía un
secreto que esconder. Como la Virgen, ella guardaba todas las gracias
interiores que recibía, "ponderándolas en su corazón" (Lc.
2, 51).
Se
dice que María, la más humilde de las criaturas, proclamó en el
Magnificat que Dios había hecho grandes cosas en ella, de lo que parece
deducirse que no es necesariamente una falta de humildad dar a conocer
las gracias de Dios en nuestra alma. Con todo, ¿no es acaso conveniente
observar que María habló así a su prima Isabel sólo después de que
Dios mismo le hubiera revelado a Isabel la gran gracia concedida a
Maria? Anteriormente, con San José, María había guardado su secreto,
¡y a qué coste!
El Magnificat fue más bien una explicación de ese favor, demostrando que le había sido concedido sólo por el poder de Dios, que se había dignado contemplar su pequeñez. ¿No fue acaso la intención de María alejar de ella el honor que Isabel tributaba al verla? Sea como sea, Edel se sintió más atraída de imitar el silencio de María con San José, más que en su cántico con Sta. Isabel, aunque recitaba cada día el Magnificat en nombre de María.
Clara como el cristal
Toda
la vida y personalidad de Edel daban una impresión de transparencia;
algo en ella me hacía pensar en un diamante. Todas sus palabras, actos
y forma de actuar estaban marcadas por una pureza transparente.
Nunca,
ni por un instante, durante todo el tiempo que la conocí, llegué a ver
en ella algo que pudiera ofender en el más ligero grado la pureza angélica,
ni siquiera un chiste.
Una
vez me dijo que le gustaban los bailes. Manifestó su disgusto cuando un
joven sacerdote, amigo nuestro, expreso una condena general a los
bailes. Ella me comentó entonces que nunca había encontrado en los
bailes ocasión alguna de pecado para ella, ni riesgo de tentación. Más
tarde, ese mismo sacerdote modificó sus ideas, y dijo que, a la luz de
su reciente experiencia -probablemente como confesor-, estaba dispuesto
a admitir que el bailar no era necesariamente pecaminoso. Personalmente
no puedo dar ninguna opinión sobre el tema, ya que jamás en mi vida
fui a un baile.
Aunque
Edel era la persona más cordial que uno podría encontrar, y la más
afectuosa en su saludo, no demostró ninguna señal de sentimentalismo
blandengue. Su fuerte y puro amor se manifestaba de un modo que excluía
cualquier asomo de debilidad. Por ejemplo, ella no usaba expresiones de
ternura, ni abrazaba a sus amigas, excepto en ocasiones formales,
cuando, al encontrarse, un beso era el saludo convencional, como suele
suceder a veces entre mujeres.
Nos
unía a nosotras dos una amistad muy fuerte, pero nunca, excepto en el
tipo de ocasiones formales que acabo de mencionar, nos besábamos o
acariciábamos mutuamente, ni
Una amiga ideal
Antes
de encontrar a Edel, muchas veces había ansiado tener una amiga ideal
con quien pudiera compartir mis más secretas aspiraciones. Me fue
concedido lo que anhelaba al encontrarle a ella; sin embargo, ella tuvo
buen cuidado de evitar que nuestra amistad fuera ocasión de herir los
sentimientos de sus otras amigas. Cuando alguna de ellas ocasionalmente
se unía a nosotras, inmediatamente, con gran cordialidad, ella hacía
sitio entre nosotras dos para la recién llegada. Esto, incluso me daba
la impresión de que yo ocupaba sólo un lugar secundario en sus
afectos.
Fue
sólo la víspera de mi partida hacia el convento cuando un comentario
hecho por la madre de Edel, durante una ausencia momentánea de Edel
mientras yo estaba en su casa, me aseguró de lo contrario. Comprendí
entonces que en las ocasiones antes mencionadas Edel había actuado por
virtud, no por naturaleza.
Como
ya he dicho, Edel había solicitado y obtenido la aprobación de su
director espiritual para nuestra amistad. Estoy segura de que, si ésta
no le hubiera sido concedida, la había roto.
Vino a verme a Dun Laoghaire cuando me marché al convento, junto con mi familia y otras amigas. No hizo ninguna demostración de pena; pero, algunos días antes, me había obsequiado con una edición grande de la autobiografía y de los escritos de Sta. Teresita, donde incluyó una foto en cuyo dorso escribió la fecha fijada para mi partida y las palabras: ¡Fiat voluntas tua! (Lc. 22,42).
Un descubrimiento revelador
De
camino hacia el convento pasé una noche en una casa religiosa. Sabiendo
que me detendría allí, Edel me mandó
Fue
sólo años más tarde, al leer la Vida de Edel escrita por el Cardenal
Suenens, que me enteré de la historia de sus relaciones con Pierre, su
pretendiente rechazado. Nunca me había hecho ni la más ligera alusión
al hecho de haber tenido alguna vez un asunto de ese tipo: Realmente me
hizo gracia cuando lo leí, y comprendí, mejor que nunca lo hice
mientras estaba con ella, la profundidad de su virtud. Es muy poco
corriente para una joven no hablar a sus amigas íntimas de alguna
oferta de matrimonio que reciba: es tan agradable para nuestro amor
propio, aunque uno no tenga intención de aceptarla.
También
me quedé más bien sorprendida de leer que Edel hablaba mucho sobre su
familia con algunas personas. Conmigo hablaba poco de ellos, pero
pudiera ser que esto fuera porque yo los conocía personalmente. Me
inclino a pensar que con algunos ella hablaba de ellos para dar gusto a
su oyente. Siempre procuraba hablar de aquello que sabía resultaría
interesante para el otro.
Ella amaba muchísimo a su familia, y tenía la costumbre de pedir oraciones para cualquiera de sus miembros que estuviera enfermo o pasara alguna necesidad especial. Me había comentado la añoranza que sentía del hogar, y cómo lloraba cuando tenía que dejarlos para volver a la escuela. También, por ejemplo, me comentaba cualquier suceso extraordinario de la vida familiar, como, por ejemplo, cuando sus hermanas iniciaban un nuevo trabajo. Pero no era su costumbre sacar a relucir su familia como tema de conversación.
Impresiones perdurables
Mirando
hacia atrás, puedo afirmar sinceramente que Edel Quinn dejó una marca
indeleble en mi vida. Era como una luz brillante que iluminaba a cuantos
se acercaban a ella, pero más especialmente a sus amigos. Esa luz no
daba sólo claridad, sino calor, el calor del amor. Puedo todavía
sentir sus efectos. Su amistad fue una fuente de constante alegría y
felicidad. Uno no podía dejar de ser mejor por haberla conocido, por lo
menos así me parece a mi.
Conociendo
a Edel, llegué a un más profundo conocimiento del indecible encanto y
atractivo de Nuestra Señora. Un día tuve una intuición sobre la
belleza y encanto de María, como una ampliación del encanto y del amor
que irradiaba Edel. En ese momento la Virgen me pareció más
maravillosamente hermosa y atractiva de lo que me había parecido
anteriormente.
Mi
primera reacción fue la de rechazar esa intuición, como si fuera
"demasiado buena para ser verdad". Pero luego pensé: "¿Por
qué ha de ser demasiado hermosa para ser verdad? Si ella, una jovencita
normal, era tan deliciosamente dulce y encantadora debido a su intensa
unión con Jesús, ciertamente la Santísima Virgen, Madre de Jesús,
debe serlo incomparablemente más. "Así, Edel fue para mí una
ocasión indirecta e inconsciente para un conocimiento amoroso de María,
mucho mayor y, creo yo, mucho más verdadero de lo que de otro modo
hubiera podido tener.
Con
frecuencia rezo a Edel, y he recibido muy importantes y preciosas
favores de naturaleza espiritual que atribuyo a su intercesión. Sin
embargo, no entran en la categoría de un milagro que pudiera servir
para adelantar su causa de beatificación.
Lo
que me parece lo más maravilloso de Edel es la perfección con la que
lograba armonizar elementos aparentemente muy contrarios: el atractivo y
maneras de una joven moderna de su tiempo, y una profunda vida interior;
la sabiduría de un anciano, y el carácter juguetón de un niño; un espíritu
de austeridad, y una amabilidad delicada, constante
A Jesús por María
Vuestras
oraciones, hechas muy en serio y con perseverancia, por la feliz
resolución de la Causa de Canonización de Edel
Quinn, son de vital
importancia. Se recomienda la siguiente invocación.
Padre Celestial, te doy gracias por la gracia que concediste a tu sierva Edel Quinn de esforzarse por vivir siempre en la alegría de Tu presencia, por la radiante caridad infundida en su corazón por Tu Espíritu Santo, y por la fortaleza que ella obtenía del Pan de Vida para trabajar hasta la muerte por la gloria de Tu nombre, en amorosa dependencia de María, Madre de la Iglesia.
Confiando, oh Padre misericordioso, en que su vida te fue agradable, te ruego me concedas, por su intercesión, el favor especial que ahora imploro, y des a conocer por medio de milagros la gloria de la que ella goza en el Cielo, de forma que pueda ser glorificada también por Tu Iglesia en la tierra, por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.
Se
ruega informar sobre los favores atribuidos a la intercesión de Edel
Quinn a:
LEGION
OF MARY
De
Montfort House,
Permissu
Ordinarii Dioec., Dublinen, die 5 Septembris 1966.